lunes, 20 de febrero de 2012

Estación

Tengo sentado enfrente de mí a todo un personaje. Es un hombre mayor, de pelo blanco y largo, con perilla canosa y a la vez un poco anaranjada, sus ojos son azules intenso, de ese azul que recuerda al mar. Lleva unas gafas cuadradas, de pasta dura, enormes,  las cuales deja caer ligeramente por su nariz y está leyendo un libro de tapa dura y roja del cual no puedo visualizar el título con claridad. De vez en cuando le veo marcar con una pluma de tinta roja alguna nota en un trozo de papel roto que tiene a su lado izquierdo. Realmente está ocupando tres asientos: en el que está sentado, el de su izquierda donde hay un montón de maletas y bolsas amontonadas unas encima de otras las cuales culminan en una lata de cerveza aplastada, y el de enfrente suya, sobre el que tiene apoyado sus largas piernas...
Acaban de anunciar que el tren para en tres o cuatro ciudades antes de llegar a mi destino y estimo tardar unas dos horas y cincuenta minutos en llegar, asique yo aprovecho para quitarme de encima algunas tareas…

aquel tipo

Era un tipo robusto y vigoroso. Por la cabeza le asomaba una pelusa negra muy oscura. Tenía los ojos negro azabache igualitos al color de su piel, eran grandes y redondos cuales bolitas de billar. Unos pómulos salientes y unos labios gruesos tras los que asomaban unos relucientes dientes blancos agraciaban su cara, dándole un aspecto de niño pequeño que contrastaba con su figura. Una barbita fina de dos días le cubría el mentón. Vestía una camiseta amplia blanca de de manga corta que le tapaba los hombros, caídos en un gesto de vaguedad, y dejaba asomar unos brazos fuertes cuyas muñecas estaban adornadas con pulseras y abalorios. Sus manos además de grandes y rechonchas, eran rugosas. El tórax, bien trabajado y la espalda ancha le daban un aspecto peligroso. Los vaqueros rotos y gastados dejaban asomar la punta de unas zapatillas rojas y viejas. A menudo se le veía caminando solo por el parque de aquel barrio con los cascos puestos, las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto en la lejanía. Le gustaba la música, el baile, el arte callejero y el cine. Estudiaba el primer año de la carrera imagen y sonido en una universidad a las afueras de la ciudad. Representaba obras de teatro y daba clases de interpretación a niños de primaria. En su tiempo libre le justaba jugar. Muy dado a las apuestas solía arriesgar más de lo que realmente poseía. Y eso le llevaba a enfrentamientos de tarde en tarde. Fumaba tabaco rubio y, si bebía, tomaba wisky solo. Amaba la compañía de sus amigos por encima de todo. Ellos se dedicaban a decorar los muros de las autopistas y a escuchar a raperos de suburbios. Muchas veces se sumía en largos silencios en los que simplemente observaba a su alrededor sin abrir la boca. Cuando hablaba lo hacía seguro de sí mismo y midiendo sus palabras. Era considerado dentro de su pandilla como un buen compañero, él conseguía mejorar el estado de ánimo de las personas de su alrededor, transmitía buenas vibraciones, y eso se notaba.