Fuera, cuando caía la noche la calle estaba fría, congelada, sin luz. El color grisáceo del cielo avisaba tormentas y las paredes se volvían oscuras. La ciudad estaba silenciosa, la calma invadía todas las calles y tan solo se escuchaba el sonido del viento que removía las hojas de los árboles.
Como principal estaba ella, blanca como la nieve y bonita como ninguna. Tenía la iluminación de la Luna en su cara por la noche, y el esplendor del sol por el día.
Ella, la que te acogía con ternura y te amurallaba de los peligros y el frío, de la que disfrutas cuando el sueño te invade. Cuando caía la noche la lluvia mojaba su fachada y a la mañana siguiente las gotitas que se encontraban en los huecos de las paredes caían al asfalto con lentitud. Se escuchaba al sol nacer y a los pajarillos cantar: se había hecho de día.
El Sol iluminaba el asfalto mojado y convertía este negro en plateado brillante. También el cielo se teñía de azul claro y algunas nubes lo acompañaban. El olor de la mañana invadía los cuerpos de la gente de la cuidad, cada uno con diferentes vidas y preocupaciones, pero les unía ese olor a hierva recién cortada que desprendían las grandes explanadas verdes.
La blancura se intensificaba con el sol y ahora su fachada brillaba con máximo esplendor. Sus habitantes habían gozado de un buen descanso y ahora salían de sus portales cristalinos con el pensamiento en otro nuevo día.
Las personas se reencontraban, se abrazaban y se besaban. Compartían sus ilusiones y sus tristezas, algunos se juntaban, otros, se alejaban. Otros simplemente no aparecían.
El sueño a algunos les había hecho olvidar, y a otros les había hecho recordar. Las calles seguían como siempre, el tiempo pasaba sobre ellas.
Volvía a caer la noche y los locos enamorados se escapaban de sus casas por las blancas ventanas, la sensación de libertad recorría sus cuerpos. Solo las calles conocen su historia.
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